Parte IV. Etapa adulta
- 3 may
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Actualizado: 23 may
Profesional
Finalmente, se me hizo entrar a la Facultad de Ciencias, a la antigua Facultad, donde hice el primer semestre de Biología. Después se haría el cambio a la Facultad actual.
El primer día de clases era la clásica novatada; lo común era que algún estudiante de los últimos semestres llegaba al salón y, haciéndose pasar por el profesor, daba una clase muy complicada y encargaba una tarea muy difícil. El caso es que yo estaba en el salón y en eso pasó el amigo de Pepe (con quien había ido a Chiapas) y me llamó. Me dijo que no habría clases y me invitó a ver a los “herpetólogos”.
![]() | Llegamos a un cubículo, en algún pasillo de la Facultad y me encontré con varios estudiantes que estaban dando de comer a unas serpientes. Sujetando a la serpiente con una mano, con la otra le introducían, con unas pinzas largas, crías muertas de rata. El grupo de estudiantes estaba formado por Guadalupe Téllez Girón, Oscar Flores Villela (el Archi, por el personaje de una historieta, ya que Oscar era pelirrojo) y Oscar Sánchez Herrera; tiempo después se incorporaría Guillermo Lara Góngora. |
Yo quedé impactado y a partir de ese día, cada vez que tenía algo de tiempo libre iba a ver a los herpetólogos. Como comenté antes, en esa época había improvisado un pequeño cuarto oscuro donde hacía mis fotos en blanco y negro. Comencé a tomarle fotos a las serpientes y aprendí a darles de comer, de manera que poco a poco me fui integrando al grupo.
Con el tiempo me enteré de que en realidad eran varios grupos de estudiantes, conocidos en general como Grupos Estudiantiles de Trabajo Académico (GETA), que se habían formado unos dos semestres antes, a partir de un proyecto llamado Mirasol. El grupo de los herpetólogos no tenía un nombre y yo les propuse “Laboratorio de Investigación Herpetológica” (LIH); les gustó y se quedó.
Entre los GETAs había el grupo de los ornitólogos y el grupo de los mastozoólogos (FAUNAM). Después de unos meses de actividades en el LIH, un día me abordó Oscar Sánchez y me dijo que, si bien él notaba que me gustaban los reptiles, no me apasionaban. La cosa es que tenía razón; me gustaban los reptiles, pero yo quería trabajar con mamíferos. Entonces comenzó mi coqueteo con los integrantes de FAUNAM para tratar de integrarme al grupo.
El grupo de los mastozoólogos estaba formado por Víctor Sánchez-Cordero, Ramón Pérez-Gil, Manuel Lemus y Susana López de Lara. Cuando les manifesté mis deseos de integrarme, Víctor y Ramón diseñaron un esquema de evaluación de los interesados (para entonces ya éramos varios). La idea era que uno debía preparar por su cuenta un tema sobre mamíferos y posteriormente, Víctor o Ramón, hacían la evaluación; entonces se pasaba al siguiente módulo. Se trataba de un sistema de enseñanza que ya utilizaban algunos profesores, llamado Sistema de Instrucción Personalizada.
Una vez terminados los diez módulos, fui aceptado en FAUNAM. En esa época también se integraron Luz del Carmen Colmenero, Enrique Duhne Backhauss, su hermana Martha, Alicia Castillo Álvarez y Carlos Martínez del Río. El ingreso a FAUNAM fue un hecho muy significativo para mi futura vida académica, pero también a nivel personal, por lo que siempre estaré muy agradecido con Víctor y Ramón por la oportunidad que me dieron.
La carrera de Biólogo
Desde la Prepa, nunca tuve duda de que quería estudiar Biología. No obstante, la mayor parte de la carrera lo disfruté poco. La cuestión era que yo quería aprender de mamíferos; concretamente de ecología y conservación de mamíferos medianos y grandes, pero estos temas estaban ausentes del plan de estudios. Desde luego que los mamíferos aparecían de manera marginal en varias materias, como Anatomía Comparada, Histología o Embriología.
La materia que trataba un poco más a los mamíferos era Zoología IV (vertebrados). El problema era que los profesores que la impartían eran ornitólogos o ictiólogos, por lo que era muy poco el tiempo que le dedicaban a los mamíferos y solo para ver algo de taxonomía y diversidad. Entonces, cuando llegó el momento, decidí no tomar la materia: presenté el examen extraordinario y obtuve MB.
El plan de estudios de entonces contemplaba dos “Biologías de Campo”. Se trataba de analizar alguna pregunta o tema biológico concreto; la materia era dirigida por un profesor e incluía trabajo de campo con los estudiantes que la tomaban. Esa fue mi oportunidad de dedicarme un poco a los mamíferos, porque yo diseñé y participé en mis dos Biologías de Campo. La primera se llamó “Técnicas para el estudio de mamíferos silvestres” y el curso fue impartido por los integrantes de FAUNAM. La segunda fue “Introducción al rastreo de mamíferos silvestres”; busqué a alguien titulado que fungiera oficialmente como profesor, pero en realidad yo la impartí, de modo que, para los estudiantes, yo era el profesor, pero para la escuela yo era un estudiante.
FAUNAM
Fueron varios los aspectos que, en mi paso por FAUNAM, fueron determinantes: a) regresó mi interés por el rastreo de mamíferos medianos y grandes; b) volví a contactar a Don Miguel (Álvarez del Toro), y c) conocí la comunidad “El Capulín”, en el Estado de México. No los apunté en algún orden porque los tres aspectos se mezclaron en el tiempo, pero me marcaron para siempre.
Cuando me integré a FAUNAM me enteré de que conocían a Don Miguel y que se estaba preparando una salida de campo con él; por supuesto yo fui también. Fue una excursión como de una semana a un pequeño parque, cercano a Tuxtla Gutiérrez, llamado “Laguna Bélgica”. Don Miguel fue con Clementina, a quien nos presentó como “su mujer” y Rosendo López, uno de sus asistentes de campo. Durante el día hacíamos recorridos y yo quedaba sorprendido cuando Don Miguel comentaba que, en cierto punto, un tepezcuintle había cruzado el sendero (él observaba los rastros; pero yo nada veía). Por las noches, al calor de la fogata, nos tenía embobados escuchando algunas de sus aventuras en Chiapas. Recuerdo que una tarde Don Miguel estaba sentado en una silla, con una libreta de notas: estaba anotando los nombres de las aves cuyo canto escuchaba y reconocía. Era impresionante el conocimiento práctico que tenía de los vertebrados. Pusimos algunas redes para aves, porque Ramón y Susana debían justificar la salida en la escuela y llevar algunos ejemplares colectados.
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Miguel Álvarez del Toro, en el parque “Laguna Bélgica”. |

Clementina, “mujer” de Don Miguel, en Laguna Bélgica.

Preparando aves en Laguna Bélgica: Susana López de Lara (izquierda),
Ramón Pérez-Gil (centro) y Víctor Sánchez-Cordero.
En esta visita a Chiapas también conocí a las hijas de Don Miguel: Hebe y Rebeca Álvarez Rincón (Becky). A partir de aquí, más o menos una vez al año, cuando podía tomar unos días de vacaciones, iba a Tuxtla Gutiérrez a ver a Don Miguel. Me quedaba en casa de Hebe (que estaba casi enfrente del Zoológico). Pasaba casi todo el día en el Parque, observando a los animales y tomándoles fotos. Había algunos encierros que tenían piso de tierra, como el del jaguar y el puma; cuando era posible, me permitían entrar al encierro, mientras el animal estaba confinado comiendo, para hacer moldes de yeso de las huellas que estaban claras. En una ocasión, durante una corta visita al campo, recogí un poco de arcilla del camino y se me ocurrió que podía ponerla dentro de los encierros para que los animales pisaran y yo pudiera hacer moldes de yeso de las huellas. Don Miguel me dio permiso para hacerlo en varios de los encierros que tenían piso de concreto. Así fui haciendo una pequeña colección de referencia de moldes, porque no tenía duda sobre la especie que había dejado las huellas. Pero, en realidad, el asunto del rastreo de mamíferos inició en 1976 en la ranchería El Capulín.
El Capulín
Ya estaba en FAUNAM, pero mantenía bastante contacto con los herpetólogos. En algún momento, Guillermo Lara y yo decidimos que queríamos conocer el Volcán Pelado, al sur del Distrito Federal. Un domingo de junio o julio de 1976 fuimos al Ajusco y de ahí caminamos hacia el Pelado. Llegamos al borde del derrame lávico y seguimos un camino que, en teoría, llegaba al cono; el problema fue que nos tocó un día muy nublado, con la neblina baja y no podíamos ver el cono, así es que después de caminar unas horas nos regresamos.
El domingo siguiente decidí intentarlo nuevamente, pero Guillermo no pudo ir; ese día estaba despejado, seguí el mismo camino y, para mi sorpresa, me di cuenta de que el domingo anterior nos habíamos quedado a escasos 500 m del cono. Esta vez llegué al volcán y comencé a subirlo por la cara suroeste. Conforme fui subiendo, empecé a ver un paisaje que nunca había visto y me dejó impactado: en primer plano, el bosque de pinos del derrame del Pelado; después un gran claro con un pequeño cono en medio; casi en el borde del claro, una pequeña ranchería; luego un frente abrupto y boscoso, y al fondo el Nevado de Toluca.
Pasé buen rato contemplando el paisaje y decidí investigar cómo se llamaba la ranchería. A mi regreso a la ciudad fui a una oficina de la CETENAL y conseguí un mapa 1:50,000 de la hoja Milpa Alta. Revisando la zona del Pelado supe que la ranchería que vi desde el cono se llamaba “El Capulín”; estaba en el Estado de México, muy cerca de donde éste colinda con el estado de Morelos y la Ciudad de México (antes Distrito Federal).
De momento eso era todo lo que sabía de este lugar que, con el tiempo, influiría profundamente en mi vida personal y profesional.
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El Capulín, Estado de México (al centro, un poco a la derecha), visto desde el Volcán Pelado; en medio del claro, el Volcán Tuxtepec. |
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Vista reciente de El Capulín, desde el llano; al centro, a la derecha, el Volcán Tuxtepec. |
Cierta ocasión, no recuerdo si en casa de Víctor o de Ramón, ellos comentaron que FAUNAM debería tener un proyecto de investigación. Inocentemente yo sugerí que tal vez en El Capulín se podía hacer algo (solo lo había visto desde el Pelado y conocía su ubicación general). Entonces Víctor y Ramón fueron a localizar la ranchería; Ramón podía conseguir prestado un Jeep (de un tío) y así se lanzaron a buscarla; entiendo que platicaron con uno de sus habitantes, pero también descubrieron que, frente a la ranchería, en el llano, estaba una cabaña que había sido un campamento de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), cuando se tendió una línea de alta tensión en esa zona (en la primera foto se ve como una cicatriz que cruza el frente boscoso del fondo).
Creo que el papá de Víctor tenía algún conocido en la CFE; el caso es que consiguieron que el campamento le fuera otorgado a FAUNAM en comodato. Se firmó el contrato y nos dieron las llaves de la cabaña principal.
Finalmente pude ir a conocer El Capulín y la cabaña. Subimos a la ranchería y conocí al señor con quien habían platicado antes Víctor y Ramón; se llamaba Prócoro Palacios y vivía con su esposa (Leonor, tambien conocida como “Doña Leonila”) y tres hijos: Próspero, Reina y Jaime.
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La Cabaña de la CFE en El Capulín. |
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En la cabaña; de izquierda a derecha: Ángel Salas, Enrique Duhne, Alicia Castillo y Marcelo Aranda; abajo, Carlos Díaz. | |
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Don Prócoro Palacios. | |
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Doña Leonor, cortando nopales en su pequeño huerto. |
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Don Prócoro y Doña Leonor en El Capulín, afuera de su casa. |
Contando con la cabaña, a partir de entonces visité El Capulín casi todos los fines de semana (entre 1976 y 1980). Los sábados llegaba a la fábrica con mi mochila y salía de trabajar a las 13:30. En Huipulco tomaba el autobús (de la línea Flecha Roja) que iba a Cuernavaca, por la carretera libre. Me bajaba en el km 47 e iniciaba la caminata de nueve kilómetros por un camino de terracería, pasando primero por Fierro del Toro (a los dos km). Llegaba al Capulín entre las cinco y las seis de la tarde; pasaba a dejar mi mochila a la cabaña y subía a la ranchería a saludar a Don Prócoro.
Aprendí a usar el hacha y comúnmente ayudaba a cortar algo de leña. Después de cenar, bajaba a la cabaña a dormir.
Como la cabaña está en el llano a 3,000 m de altitud, hacía bastante frío. Para evitar la helada, trataba de salir antes de las seis de la mañana, para llegar al bosque poco antes del amanecer. La idea era estar de vuelta como a la una de la tarde para iniciar el regreso a la ciudad, por el mismo camino.
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Platicando con Don Prócoro, después de cortar leña; él afilaba una sierra voladora |
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Alicia Castillo y Martha Duhne en el bosque de oyamel (Abies religiosa), cerca de El Capulín. |
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También aprendí a ordeñar a la vaca. |
Con ayuda del mapa de la zona, preguntando y mucho caminar, poco a poco fui conociendo los alrededores, los caminos y los parajes. Durante las caminatas había algo que siempre estaba presente: rastros de mamíferos, en forma de huellas y excrementos (principalmente); pero no podía reconocerlos.
![]() | Cierto día, en el cubículo de FAUNAM, Carlos Martínez del Río llegó con un molde de yeso de huellas de tlacuache (Didelphis virginiana); me comentó que era muy fácil hacerlo y que había una guía de rastros. Lo más pronto que pude fui al centro, a la American Book Store, y lo encargué. Así conseguí mi tercer libro fundamental: A Field Guide to Animal Tracks, de Olaus J. Murie. |
Con ayuda de la guía de Murie fui aprendiendo las bases del rastreo de mamíferos; a veces hacía dibujos de las huellas y le preguntaba a Don Prócoro. Conforme fui conociendo la zona, a veces no regresaba al Capulín, sino que salía por Hutzilac, por las Lagunas de Zempoala, por Parres o por el Ajusco.
El Capulín también fue un sitio importante para las actividades de FAUNAM en la Facultad de Ciencias. Los GETAs lograron que se les permitiera impartir un curso formal de Zoología IV; la idea es que habría un profesor responsable, pero los cursos los impartirían los integrantes de los grupos. Por supuesto, la práctica de campo se hizo en El Capulín. También recuerdo que FAUNAM ofrecía la organización de prácticas de campo para materias diversas.
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Niño pastor con sus borregas, en los llanos de El Capulín. Unos años después, estos terrenos fueron roturados para sembrar avena forrajera; aunque el sitio no tenía vocación agrícola, ya estaba muy sobre-pastoreado. |
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Durante una reunión en casa de Don Prócoro. Víctor Sánchez-Cordero tocando la guitarra; en la mesa, Ramón Pérez-Gil y Martha Dunhe (con la pañoleta). |
En la carrera de Biología hubo pocas materias que realmente me motivaran, por lo que mi desempeño no fue el mejor (mi calificación final fue de 8.6). Pero las visitas al Capulín lo cambiaban todo; me permitían disfrutar del campo y, finalmente, aprender sobre los mamíferos medianos y grandes, principalmente a través del rastreo. Fue un aprendizaje autodidacta, porque no tenía a quien consultar. Desde luego había mastozoólogos en el Instituto de Biología (Bernardo Villa, William López-Forment, Cornelio Sánchez y Guillermina Urbano); pero ninguno estudiaba mamíferos medianos y grandes y mucho menos sabía del rastreo.
Como dije antes, entre 1976 y 1980 visité la ranchería El Capulín y sus alrededores casi todos los fines de semana. Esta etapa, esta ranchería y esta región representaron lo más importante para mí, en ese momento y en el futuro. No había algo que disfrutara más que recorrer la región, aprendiendo sobre sus mamíferos medianos y grandes a través del rastreo. El tema del rastreo de mamíferos me marcó para siempre; lo sigo haciendo en la época en que escribo estas líneas (2020) y espero seguir rastreando mamíferos hasta mi último día.
Parque Nacional Desierto de los Leones
Conocí el Desierto de los Leones cuando estaba en la Prepa. Como trabajaba de lunes a sábado, la única opción que me gustó para pagar la materia de deportes fue llevar Excursionismo. Las excursiones se hacían los domingos, desde luego a lugares cercanos a la Ciudad de México; y una vez fue al Desierto de los Leones. Del convento caminamos a Cruz Blanca y regresamos; pero no recuerdo que me hubiera llamado mucho la atención.
En 1978, no recuerdo la razón, pero decidí visitar el Parque y fui un domingo. El camión salía de San Ángel y hacía una hora hasta el convento. Regresé por la carretera un km y de ahí tomé un camino de terracería que (después lo supe) subía hacia el Cerro San Miguel. Era temporada de secas, porque el camino estaba polvoso; la cuestión fue que, en el primer km de la brecha yo no podía creer lo que veía. En ese km, entre la carretera al convento y el paraje El Pantano, vi huellas de venado cola blanca que cruzaban el camino, al menos en veinte ocasiones. Era una locura; no podía haber tantos venados.
Como al mes de ir al Parque (cada domingo) por fin vi mi primer venado. Era una mañana fresca y húmeda, con la neblina baja y yo caminaba por una brecha en el bosque de oyamel. De repente, un venado cruzó la brecha de un salto y, poco después, otros dos venados saltaron, pero cayeron sobre la brecha, dieron algunas zancadas y se metieron al bosque.
Para entonces decidí que quería hacer una estimación de la abundancia de venados. Escogí el método de acumulación de excretas, que se basa en contar cuantos grupos de excretas se acumulan sobre una superficie determinada, en un tiempo dado. Comencé a trazar transectos por el bosque aproximadamente de dos metros de ancho y un km de longitud, recogiendo todas las excretas que encontraba; así determinaba mi día cero y esperaba tres meses para contar cuantos grupos de excretas se habían acumulado. Estimé una densidad de 15 venados/km2, realmente muy alta. Yo no lo sabía, pero en ese mismo tiempo Salvador Mandujano también estaba haciendo una estimación de la abundancia de venados, con otro método, pero sus resultados fueron similares.
En una ocasión, después de revisar un transecto, estaba recargado en un oyamel cuando, como a 30 metros, vi que venía caminando un venado macho; al llegar como a 10 metros de donde yo estaba me miró y se detuvo; estuvimos mirándonos como un minuto hasta que poco a poco se fue retirando, caminando nervioso. Fui al sitio por donde había caminado el venado y me di cuenta de que se apreciaba un sendero, muy tenue, pero notorio. Muy cerca vi que había un oyamel que se había caído y tomé nota mental de todo. Bajé a la brecha y regresé al convento. Al domingo siguiente, antes de iniciar con los transectos, decidí ir al sitio donde vi al venado y me senté en el oyamel caído, con la cámara lista. A la media hora estaba pasando un grupo de varios venados que, al descubrirme, corrieron. Para mi sorpresa, una venada regresó y comenzó a rodearme, hasta detenerse a unos 10 metros. Resopló, golpeó con las manos y se fue.
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El Desierto de los Leones: el bosque de oyamel y el Convento de los Carmelitas. |
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Venados en el Desierto de los Leones: arriba, una venada tomada desde mi “espiadero”; abajo, en el paraje “Peteretes” con mi chamarra favorita. |
A partir de ese día, antes de iniciar la revisión de transectos, siempre pasaba a mi “espiadero” y casi siempre pude ver venados. Varias personas me acompañaron a ver a los venados; incluso un grupo de estudiantes de una de las Biologías de Campo.
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Huella de venado en el Parque, con mi primera navaja como referencia de tamaño (de casa Boker; aún no había las Victorinox). |
Un bosque de verdad.
Esta huella de venado fue especial porque, cuando la vi y le tomé la foto, iban pasando un visitante con su hijo (de unos 10 años). Se me ocurrió llamarlos para que vieran las huellas y les dije que eran de un venado cola blanca. La reacción del niño fue inmediata: se volvió a su papá y le dijo “entonces es un bosque de verdad”. El saber que había venados le cambió la visión y la idea que tenía del lugar, convirtiéndolo de un parque arbolado a “un bosque de verdad”.
Desde entonces nació la dupla “El Capulín-Desierto de los Leones”, porque ambos sitios se complementaban maravillosamente. En El Capulín y sus alrededores convergían las formaciones geológicas de Las Cruces y Chichinautzin: ambas de origen volcánico, pero de muy distinta antigüedad. Esta característica, además de la presencia de una comunidad humana, con sus actividades productivas (agricultura, ganadería, caza y tala) daba como resultado una región muy diversa, lo que se reflejaba en su riqueza de mamíferos medianos: tlacuache (Didelphis virginiana), armadillo (Dasypus novemcinctus), tres especies de conejos (Romerolagus diazi, Sylvilagus cunicularius y S. floridanus), ardilla arborícola (Sciurus aureogaster), ardilla terrestre (Otospermophilus variegatus), coyote (Canis latrans), lince (Lynx rufus), dos especies de zorrillos (Conepatus leuconotus y Mephitis macroura) y comadreja (Mustela frenata). Había venado cola blanca (Odocoileus virginianus), pero realmente era muy escaso porque estaba sujeto a mucha presión de caza; el puma (Puma concolor) estaba ausente, pero era un visitante ocasional.
Por su parte, el Desierto de los Leones está ubicado solo en la Formación Las Cruces y el Parque es relativamente sencillo: básicamente es la microcuenca del arroyo Santo Desierto, con dos tipos de vegetación: bosque de oyamel y bosque de pinos. La diversidad de mamíferos medianos era menor que en El Capulín, pero había dos especies abundantes: el cacomixtle (Bassariscus astutus) y el venado cola blanca.
Primera publicación
Por alguna razón, siempre me han gustado las guías de campo. Gracias al trabajo de campo en El Capulín, y posteriormente en el Desierto de los Leones, ya contaba con alguna información de la mastofauna. En algún momento decidí que quería hacer una guía de campo de Los Mamíferos de la Sierra del Ajusco. Lo comenté con algunos integrantes de FAUNAM; pero yo quería que aparecieran como autores solo los que participaran activamente en el trabajo de campo. Una vez que tuvimos terminado un manuscrito, le pedí al Dr. Enrique Beltrán nos escribiera el Prólogo. Para entonces yo ya había conocido a dos estudiantes de Biología de la UAM-Xochimilco, que habían formado un grupo parecido a FAUNAM: Carlos Galindo Leal y Gerardo Ceballos García.
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Entonces le llevé el manuscrito a la Dra. Silvia del Amo, en el INIREB (Instituto Nacional de Investigaciones sobre Recursos Bióticos), a ver si se interesaban en su publicación. Pasaron algunos meses sin recibir respuesta. Entonces, cierto día, Gerardo Ceballos (que ya sabía del manuscrito) me dijo que me llevaría a la COCODA (Comisión Coordinadora para el Desarrollo Agropecuario en el Distrito Federal); les presenté el manuscrito e inmediatamente me dijeron que querían publicarlo. Finalmente, en 1980, antes de graduarme, imprimieron 10,000 ejemplares, siendo los autores: Jaime Marcelo Aranda Sánchez, Carlos Martínez del Río Méndez, Luz del Carmen Colmenero Rolón y Víctor Manuel Magallón Solórzano. | |
Primer trabajo de biólogo, antes de serlo
En 1978, durante una visita a Chiapas, conocí a Narciso Vidal, quien también había ido a ver a Don Miguel. Me cayó bien y me comentó que trabajaba en la Universidad Autónoma Chapingo, en el Departamento de Bosques.
Unos días después del regreso a la Ciudad de México, fui a verlo a Chapingo y así me enteré de que impartía la materia de “Administración de Fauna Silvestre” a los futuros ingenieros especialistas en bosques. Unas semanas después de la visita a Chapingo, Narciso me llamó para proponerme si quería trabajar con él. Por supuesto le dije que sí. Así se terminó la etapa de la fábrica.
La idea era que yo sería algo como el asistente de Narciso Vidal; pero, por algún error administrativo, me dieron una plaza de “Profesor de Tiempo Completo”. Desde el punto de vista económico, esto representó un gran cambio y pude empezar a ahorrar un poco de dinero. Pero lo más importante fue que por fin pude comprar algunos libros que siempre había querido tener.
Resultó que en Chapingo realmente tenía poco que hacer. Narciso impartía su materia y también daba otra en la especialidad de Zootecnia, pero no había mucho que yo tuviera que hacer. Entonces me dediqué a escribir mi tesis.
Nace un biólogo
El trabajo de rastreo en El Capulín y el Desierto de los Leones implicaba, entre otras cosas, hacer moldes de yeso de las huellas y colectar algunas excretas. Hacia el final de la carrera, con los moldes obtenidos en campo, además de los obtenidos con animales del Zoológico de Chiapas, yo ya tenía una pequeña colección. Entonces fui a platicar con el Dr. Bernardo Villa, al Instituto de Biología y le comenté que, para mi trabajo de tesis, yo quería hacer una guía de campo de rastros de mamíferos de México. Amablemente, el Dr. Villa me dijo que no era posible; que la tesis debía seguir un formato específico. Entonces me recomendó que siguiera el formato de tesis y que, después de recibirme, podía hacer lo que quisiera. Entonces debía encontrar un Director de Tesis.
Como comenté, el tema del rastreo de mamíferos lo aprendí solo, porque no había investigadores o profesores que trabajaran con mamíferos medianos y grandes, y mucho menos sobre rastreo. En aquellos días daba clases en la Facultad el Dr. José Ramírez Pulido; se me ocurrió proponerle que fuera mi director de tesis, pero amablemente me dijo que no.
![]() | Entonces escribí mi tesis siguiendo el formato y le pedí a un amigo (Armando Nuño) que fungiera oficialmente como mi director ante la UNAM. Una vez que cumplí con todos los requisitos, me dieron fecha y hora de examen: a las doce horas del 11 de julio de 1980. El título de mi tesis fue “Importancia y Utilidad de los Rastros para el Estudio de Mamíferos Silvestres”. El jurado estuvo constituido por el Dr. Bernardo Villa Ramírez (presidente), M. en C. Cornelio Sánchez Hernández y Biol. Luz del Carmen Colmenero (secretario). |
Mi título quedó registrado en el “Registro de títulos profesionales y grados académicos” a fojas 264, del libro quinientos cuarenta y ocho, con Cédula Profesional No. 644013.
En mi examen profesional estuvieron presentes básicamente integrantes de FAUNAM y estudiantes de la Facultad. De mi familia, nadie asistió. Afortunadamente pudo estar presente Esther Sánchez, mi maestra de Biología de la Secundaria. Me dijo que “como ella me había metido en eso (la Biología), quería ver cómo me iba”. En el examen creo que me fue bien, ya que fui aprobado.
Ese mismo día, por la tarde, a manera de festejo organicé una pequeña reunión en mi casita de Tizapán, a la que asistieron algunas de mis hermanas y compañeros de la Facultad.
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El día de mi graduación, en mi casita de Tizapán, con mis hermanas Pilar (Pi) y Lucía. |
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El día de mi graduación; arriba, de izquierda a derecha: Guadalupe Téllez Girón, Oscar Sánchez Herrera, Lily, Guillermo Lara Góngora, Rodrigo Medellín Legorreta y Gerardo Cartas Heredia. En las cajas de madera, que se ven atrás de Guillermo y Rodrigo, tenía los moldes de yeso de las huellas. En la foto de abajo, con Enriqueta Velarde |
A las dos semanas de haberme graduado me llamó Becky (Rebeca Álvarez Rincón, hija de Don Miguel) para comentarme que iban a tener algunas plazas en el Instituto de Historia Natural (IHN) y quería saber si yo estaba interesado. Por supuesto le dije que sí. Renuncié a Chapingo (algo de lo que me arrepentí posteriormente) y preparé todo para irme a vivir a Tuxtla Gutiérrez.
ZooMAT
Entré a trabajar al IHN a mediados de agosto de 1980 con el puesto de “Encargado de la Sección de Mamíferos”. El salario era más o menos la mitad de lo que ganaba en Chapingo, pero yo estaba feliz de integrarme al equipo de Don Miguel. Al mismo tiempo, también se integró Antonio Ramírez, como Encargado de Anfibios y Reptiles. Toño no era Biólogo, pero tenía mucha experiencia con la herpetofauna y había trabajado en el Zoológico de Chapultepec. Poco tiempo después se integraría al equipo Gerardo Cartas Heredia, ya pasante de Biólogo, como Encargado de las Aves.
Cuando llegué al IHN, el Zoológico aún se encontraba en el Parque Madero; pero ya se había iniciado el cambio a su nueva ubicación en “El Zapotal”. En ese tiempo, la “mano derecha” de Don Miguel era el Ing. César Domínguez y entre los dos habían convencido al Gobernador para cambiar el IHN y el Zoológico. El Zapotal era un bonito bosque tropical subcaducifolio al sur de Tuxtla Gutiérrez, a un lado del penal de “Cerro Hueco”.
La mudanza de los animales a sus nuevos encierros en El Zapotal fue un período de aprendizaje intensivo. Aprendí como usar las redes de aro para capturar y mover a los animales. En ese tiempo, el Veterinario del Zoológico era Marco Aurelio Ocampo y con él aprendí a fabricar dardos para inyección remota, usar la cerbatana y manejar los anestésicos. Esto era importante porque algunos animales había que anestesiarlos para poder moverlos. Marco usaba Ketamina y Xilacina; pero él decía que no se podían mezclar, lo que hacía muy complicado administrarlos de manera simultánea. Con el tiempo aprendí que si se podían combinar y la mezcla se mantenía estable.
Una vez que se completó la mudanza del IHN y el Zoológico, el Gobernador decidió que el Parque llevaría el nombre de Don Miguel; así nació el Zoológico Miguel Álvarez del Toro: el ZooMAT.
Mantenía cierto contacto con el personal del Instituto de Biología (UNAM). En 1981 la Maestra Guillermina Urbano, curadora de la Colección Nacional de Mamíferos, me ofreció trabajar un año para ella como “Colector Científico con Experiencia en Mastozoología”. La idea de Guillermina era hacer colectas de pequeños mamíferos en ciertas regiones que estaban poco representadas en la Colección del Instituto. El contrato fue de octubre de 1981 a septiembre de 1982.
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Colectando mamíferos con Rodrigo Medellín, en la Península de Yucatán (única ocasión en que me quité el bigote). | |
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En Tuxtla Gutiérrez terminé de transformar mi tesis en lo que sería la primera versión del manual de rastreo de mamíferos. Nuevamente fui a buscar a Silvia del Amo, al INIREB, y aceptaron publicarlo. La primera edición salió a la luz en 1981 bajo el título “Rastros de los Mamíferos Silvestres de México. Manual de Campo”. Yo elaboré todas las ilustraciones (de los animales y los rastros). |
En mayo de 1981, un día apareció en el ZOOMAT Javier de la Maza. Me comentó que iba a la Lacandona y me invitó a acompañarlo; por fin se me hacía. Salimos hacia Comitán y ahí tomamos una avioneta que nos llevó al Ejido Chajul. En ese tiempo, la gente del ejido no había deforestado y sus casas se ubicaban al lado de la pista de aterrizaje. En cuanto comenté que quería salir al bosque a buscar rastros de mamíferos, inmediatamente me recomendaron al señor Carmelo, quien era el rastreador (y cazador) más hábil del ejido. Generalmente salíamos a caminar del otro lado del Río Lacantún, a los terrenos que ahora forman parte de la Reserva de la Biosfera Montes Azules. Como era temporada de secas, las corrientes tenían playas lodosas donde era fácil encontrar huellas.
Con Javier de la Maza hice varias visitas a la Lacandona y aprendí mucho con Carmelo. Realmente era un rastreador impresionante, si bien su conocimiento estaba sesgado hacia las especies de su interés: venados, pecaríes, armadillo y otras especies importantes para su aprovechamiento.
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En la Selva Lacandona: arriba, cruzando el Río Lacantún; abajo, el Arroyo Miranda |
En ese entonces le había pedido permiso a Don Miguel para instalarme en un cuarto desocupado, que estaba cerca del encierro de los monos araña (fuera del área para visitantes); es decir, que literalmente yo vivía en el ZOOMAT.
En 1981 Marco Aurelio (el veterinario) decidió dejar el ZOOMAT y por un tiempo no hubo alguien encargado. Por fin, Don Miguel me comentó que entraría a trabajar una veterinaria. El caso es que cierto día me mandó llamar para presentarme, porque ya había llegado, acompañada de sus papás. Así fue como conocí a Lorena López de Buen. Un hermano de su mamá (Fernando de Buen) vivía en Tuxtla Gutiérrez y Lorena viviría con él, mientras estuviera en el ZOOMAT.
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Primeros días de Lorena como veterinaria del ZOOMAT. |
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Lorena revisando a un margay en la clínica. |
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Con Don Miguel y parte del equipo, el día en que el presidente José López Portillo visitó el ZOOMAT, en 1981. |
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En el ZooMAT, con una cría de puma. |
En el ZooMAT tuve varias aventuras, pero hay tres que recuerdo bien y me parecen interesantes. La primera tuvo que ver con los pumas; en cierta ocasión me di cuenta de que la hembra (tita) tenía una oreja rasgada y partida en dos. No era una herida peligrosa, pero se veía muy fea. Bajé por lo necesario y la anestesié; después me la cargué en los hombros y la bajé caminando a veterinaria para que Lorena la costurara.
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En el encierro de los ocelotes solo había un individuo (una hembra) y un día nos amanecimos con la noticia de que se había escapado. Su encierro era cerrado, pero salía un árbol por la malla del techo. El caso es que con el viento y el movimiento del árbol se abrió un espacio por donde salió la. A los dos días tuvimos noticias de ella. En los encierros de cuarentena había uno con una cojolita; cuando fuimos a revisar la encontramos muerta. Mi hipótesis era que el ocelote la había matado desde afuera, metiendo los brazos hasta donde podía. La cojolita habría revoloteado espantada hasta que cayó en manos del ocelote. Ese día, por la tarde, acondicioné el encierro como trampa, con los restos de la cojolita como cebo; al día siguiente estaba capturada dentro del encierro de la cojolita y la llevé a su lugar. Desde luego, ya se había reparado el hueco por donde había escapado.
Como comenté, en ese tiempo solo había un ocelote hembra en el encierro. Durante los recorridos nocturnos de vigilancia, un vigilante se dio cuenta de que un ocelote silvestre llegaba al encierro de la hembra. De hecho, yo vi algunas huellas cerca de la jaula y eran bastante grandes por lo que supuse se trataba de un macho. Los encierros de los felinos medianos y grandes tenían un cubículo de manejo donde se les daba de comer. Decidí improvisar el cubículo de la hembra como trampa y a los pocos días capturé al “enamorado”: un macho muy bonito de 13 kg de peso. Se quedó en el encierro, pero nunca se adaptó.
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Don Miguel Álvarez del Toro en su oficina |
Con Lorena fue un flechazo casi a primera vista. Rápidamente hicimos equipo, a la vez que nos hicimos pareja. Para el fin de año de 1981 les dimos la noticia a sus papás de que queríamos casarnos. Por supuesto la noticia les cayó de sorpresa y nos pidieron un tiempo para arreglar todo. Pusimos como fecha el 22 de mayo de 1982. Nos casamos en el Registro Civil de Veracruz, ciudad natal de Lorena y la reunión se hizo en la “granja”, una casa de campo que sus papás tenían como a 30 km de Veracruz.
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No tuvimos propiamente un viaje de “luna de miel”; pero ese mismo año su hermano Víctor, que estaba estudiando su doctorado en España, también decidió casarse (con Angelina), así es que fuimos a Barcelona para su boda. Mientras la pareja se fue de luna de miel, Lorena y yo nos dedicamos a pasear por el norte de España.
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Lorena, durante el viaje por España. |
A inicios de 1983 decidí que quería impartir un curso sobre rastreo de mamíferos. Tenía mucho material fotográfico y una buena colección de moldes de huellas (en yeso) y comencé a preparar un programa teórico-práctico; pero necesitaba apoyo y una institución de respaldo, con instalaciones para la parte teórica. Entonces se me ocurrió proponerlo en el Instituto de Biología de la UNAM, así es que fui a la Ciudad de México. Hablé con el director del IBUNAM, Dr. José Sarukhán, y le expliqué lo que quería hacer. Me dijo que sí y me envió con el Dr. Virgilio Arenas, entonces jefe del Departamento de Zoología, para que me apoyara en lo que necesitara. El curso lo impartí entre abril y mayo (de 1983); la parte teórica fue en el IBUNAM, pero la parte práctica la repartí en tres localidades: Malinaltenango, El Capulín (Estado de México) y el Desierto de los Leones. Por esto y por todo el apoyo que me ha brindado, siempre le estaré muy agradecido al Dr. Sarukhán.
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Dr. José Sarukhán Kermez |
Trabajé en el ZOOMAT hasta diciembre de 1983. Durante esos tres años aprendí mucho sobre mamíferos en general, pero también muchos aspectos prácticos como contención física y química. Aún conservo las redes de aro que hice y algunos de los primeros dardos que fabriqué. Por otra parte, hubo dos aspectos que me llevaron a dejar el ZOOMAT. Uno fue la entrada de un personaje que Don Miguel decidió incorporar, con quien hice corto circuito muy rápido. Otro fue que, si bien me gustaba mucho trabajar con los animales en el ZOO, también me causaba conflicto verlos siempre encerrados y a mí mismo, encerrado en el ZOOMAT. Siempre fui biólogo de campo y el trabajo en el ZOO no me llenaba completamente.
En ese tiempo, a través de Ramón Pérez-Gil, supe de que en Hermosillo se quería crear un instituto de investigación, además de un zoológico, y decidí probar suerte en el norte. La experiencia en Hermosillo fue más bien desagradable, por lo que duró poco; de hecho, lo más interesante que pasó fue que Lorena se embarazó.
Regresamos a la Ciudad de México y contacté a Javier de la Maza. Javier estaba en la SEDUE (Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología) a cargo del Sistema Nacional de Áreas Naturales Protegidas (SINANP) y me apoyó para incorporarme a su equipo, en el que estaban Juan José Consejo, David Gutiérrez Carbonell y Enrique Duhne.
El embarazo de Lorena siguió sin contratiempos y nos preparábamos para un parto natural. Cuando ya tenía poco más de ocho meses, hicimos una visita al Desierto de los Leones; la idea era una caminata ligera. Pero resultó demasiado para Lorena y se le rompió la fuente, así es que regresamos de prisa a la ciudad, directo al sanatorio. Después de unas horas y de que el trabajo de parto no prosperaba, el medico decidió que era necesaria una cesárea. Siendo 1984, Lorena Irazú nació; como se adelantó unas tres semanas, nació con poco peso (2.5 kg), pero no necesitó incubadora porque respondió bien. La registramos en la Alcaldía de Coyoacán y los testigos fueron mi hermana Pilar y David Gutiérrez Carbonell.
El trabajo en la SEDUE era interesante y nuevo para mí, pero básicamente de oficina pues apenas estaba tomando forma el Sistema de Áreas Naturales Protegidas (ANP). No recuerdo bien cómo ni donde, pero conocí a Mario Ramos, quien era investigador del Instituto Nacional de Investigaciones sobre Recursos Bióticos (INIREB) y estaba a cargo del Programa Fauna de México, en San Cristóbal de las Casas (Chiapas). El caso es que me propuso entrar al INIREB; yo acepté con gusto y en octubre de 1984 vamos de regreso a Chiapas, ahora al frío de San Cristóbal.
INIREB
El equipo del Programa Fauna de México incluía, además de Mario Ramos (ornitólogo), a Judith Vega (ornitóloga), Marco Antonio Lazcano (herpetólogo), Eleuterio Góngora (herpetólogo) e Ignacio March Mifsut (mastozoólogo). Tanto Marco como Ignacio tenían proyectos en la Selva Lacandona, en la comunidad de Lacanjá-Chansayab, apoyados por el CONACYT. La idea era establecer granjas para apoyo de la comunidad Lacandona: Marco, una granja de cocodrilos; Ignacio, una granja de pecarí de collar.
Entonces, la mayor parte del trabajo era en la Lacandona y yo hice equipo con Ignacio, apoyándolo con el proyecto de la granja de pecaríes. A la vez, yo comencé a analizar la situación del jaguar en el Estado de Chiapas. Mi idea era recorrer las regiones del Estado con potencial para sostener poblaciones de jaguar y confirmar la presencia, principalmente por rastros.
En cierta ocasión me enteré de que un jaguar estaba matando ganado en el Ejido Benito Juárez, en la Sierra Madre de Chiapas, por la vertiente de la costa. Fui con una persona del Gobierno del Estado, más por el interés, pero la persona afectada suponía que íbamos a cazar al jaguar. Yo no tenía experiencia alguna en esos asuntos, pero le dejé mis datos al ejidatario. Poco tiempo después, me llamó a San Cristóbal para decirme que había matado al jaguar. Había tratado de venderlo, pero al final decidió llamarme para que fuera por él; mientras, lo dejó en el refrigerador de una heladería del poblado. Era una hembra adulta, que pesó 36 kg.
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Jaguar cazado en la Sierra Madre de Chiapas. | |
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Le quité la piel al jaguar de la Sierra Madre y la salamos, para mandarla curtir |
En marzo de 1986 hice una visita al sur de Pijijiapan, al estero Palo Blanco. Conocí al Sr. Jesús Cruz Trinidad quien tenía un pequeño restaurante en la barra y le comenté de mi interés por los jaguares. Durante varios días hicimos recorridos por los canales del manglar y en cada sitio donde bajábamos a tierra encontraba huellas de jaguar. Realmente me llamó mucho la atención la abundancia de jaguares en los manglares y decidí que quería volver pronto, con la vaga esperanza de llegar a ver alguno.
En cierta ocasión, no recuerdo cuando ni porqué, pero subí a El Triunfo, en la Sierra Madre de Chiapas, con Enrique Duhne y otras personas, por el camino de la costa. Era una caminata bastante larga y en el trayecto había que cruzar una corriente, algo fuerte; se me ocurrió decirle a Enrique que con uno que se mojara era suficiente así es que me ofrecí a cargarlo hasta la otra orilla. Aceptó y conseguimos algunas varas largas para la estabilidad; se subió a mi espalda y cruzamos la corriente. No recuerdo quien nos tomó la foto, pero quedó para el recuerdo.
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Primer encuentro con un jaguar en libertad
A mi regreso a San Cristóbal, conseguí una batería de auto y un foco de tractor, con la idea de usarlo como reflector. Al mes, en abril, regresé a los manglares, pero para esta ocasión invité a Ignacio para que se uniera a la salida. Él había estado enfermo y no había salido al campo por un tiempo; cuando le dije que no implicaba caminatas largas, con gusto aceptó.
Llegamos con Jesús Cruz, nos instalamos y esperamos el anochecer. Hacia las ocho de la noche nos montamos en la lancha Jesús, Nacho y yo (atrás, con la batería y la lámpara). Pocos minutos después y a menos de un kilómetro de la casa de Jesús, vimos el reflejo de los ojos de un animal grande. Jesús hizo un pequeño círculo, para enfilarse directamente hacia el brillo, pero ya con el motor apagado. La lancha llegó hasta las raíces del mangle y ahí estaba: un jaguar, echado sobre el tronco de un mangle caído, a unos 10 metros de nosotros.
Nos observamos durante uno o dos minutos hasta que, incómodo por la luz y nuestra presencia, el jaguar se levantó, caminó por el tronco y saltó al suelo, perdiéndose en el manglar. Durante las siguientes noches seguimos lampareando; vimos muchos mapaches, algunos cocodrilos, pero ni un jaguar más. Desde luego fue una experiencia inolvidable y el relato fue publicado muchos años después (2012) en el libro que editaron Ignacio J. March Mifsut y Marco A. Lazcano Barrero: “Relatos de Fogata. Anécdotas y experiencias de biólogos y conservacionistas en el campo”.
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Tomando datos de un jaguar que anestesié en Emiliano Zapata, Tabasco. |
Fotografía científica
Siempre me gustó la fotografía, aunque solo era aficionado autodidacta. Ya no tenía mi cuarto oscuro y en ese tiempo tomaba diapositivas; desde luego que en el ZOOMAT tomé muchas fotos. En 1985 me enteré del III Concurso Nacional de Fotografía Científica, que organizaba la Dirección de Difusión Cultural de la UNAM. Era un concurso muy interesante porque no solo se trataba de tomar buenas fotos, sino que tuvieran alguna importancia científica y explicarla. Decidí participar con una serie de fotos que le había tomado a la pareja de pumas del ZOOMAT; era una secuencia que terminaba con el macho haciendo “flehmen”; se trata de un gesto, cuando el macho trata de captar las feromonas de la hembra y conocer si puede estar receptiva (para el apareamiento). Obtuve el Segundo Lugar, en la Categoría de Color.
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Medalla de bronce de Segundo lugar. |
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En la primera foto, la hembra está haciendo sus “necesidades”; en la segunda, el macho llega a olfatear y lame un poco de orina; en la tercera, el macho lleva su lengua al paladar para tocar el órgano de Jackobson; en la última, el macho está desplegando el gesto denominado flehmen. | |
En 1993 volví a concursar en el VII Concurso Nacional. Entre otras fotos, envié una que le tomé a un jaguar bostezando. Se podía ver claramente las características de la dentición de un carnívoro estricto, así como otras adaptaciones. El trabajo lo titulé “Carnívoro” y esta vez obtuve el Primer Lugar en la Categoría de Color (el premio incluía una medalla de plata). Esa fue la última vez que participé. No sé en qué año, pero finalmente se suspendió el concurso.
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A principios de 1986 Lorena estaba embarazada por segunda vez. Todo fue bien, hasta que llegó la fecha esperada para el parto, pero la cosa no avanzaba correctamente. Esperamos dos o tres días más y nada; nuevamente se programó una cesárea. Andrés Marcelo nació en San Cristóbal de las Casas. Intentamos registrarlo, pero los trámites eran tan engorrosos que decidimos esperar un poco; durante una visita a Veracruz, lo registramos en el puerto.
Maestría
También en 1986 nos enteramos de que se abría un nuevo programa de maestría en Costa Rica, en la Universidad Nacional: “Programa Regional en Manejo de Vida Silvestre para Mesoamérica y el Caribe” (PRMVS). Nacho y yo decidimos aplicar. El proceso de selección de estudiantes incluía una entrevista y un pequeño examen, pero nos pidieron hacerlo en la ciudad de Guatemala. Decidieron que ambos éramos buenos candidatos; pero tenían como política no aceptar a más de un estudiante de la misma institución, en cada Promoción. Consideraron que, como Nacho ya tenía alguna experiencia en Manejo de Fauna, por el proyecto en la Lacandona, él entraría en la Primera Promoción. A mí me propusieron que si aceptaba entrar en la Segunda Promoción, que iniciaría en 1988, me “guardaban” mi lugar y no tenía que repetir los trámites; estuve de acuerdo.
Mientras continué con el estudio sobre la situación del jaguar en Chiapas. En algún momento, recibí una llamada de Mérida, de parte de Joann Andrews, quien me invitaba a una visita a la zona arqueológica de Calakmul. Así fue como conocí Calakmul, antes que se decretara Reserva de la Biosfera. En diciembre de 1987 volví a Calakmul con Joann, ahora a las instalaciones de la Central Chiclera Villahermosa. En esta visita también fue Archie Carr III, de la Wildlife Conservación Society (de Nueva York) y nuestro guía local fue Carmelo Pek, del Ejido Conhuás (Campeche).
A principios de 1988 nos fuimos los cuatro a Costa Rica, a la ciudad de Heredia. El Programa de Maestría estaba pensado para dos años: un año de cursos y un año para realizar el trabajo de tesis. El año de cursos teórico-prácticos en la maestría fue una de las etapas más agradables que recuerdo; aprendí mucho e hice buenos amigos.
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Segunda Promoción del PRMVS: (de izquierda a derecha) arriba: Alfonso Sermeño (El Salvador), Ronald Sánchez (Costa Rica), José Luís Altuve (Venezuela), Oscar Lara (Guatemala), Sonia Navarro (México), Grace Wong (Costa Rica), Lilian Villalba (Bolivia) y Marcelo Aranda (México); abajo: Jorge Ventocilla (Panamá), Never Bonino (Argentina), Eduardo Carrillo (Costa Rica) y Alfredo Cuarón (México). |
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Con Lilian y Eduardo, en una poza de agua caliente. |
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Durante el proyecto en el Parque Rincón de la Vieja tuvimos un encuentro de futbol con el equipo local (quedamos empatados 2-2); yo fui el portero, porque nunca jugué antes de forma seria. |
Pocos meses antes de terminar los cursos, Lorena y los niños se regresaron a México. También, hacia fines de 1988 me enteré de que Carlos Salinas de Gortari, entonces presidente de México, por decreto, desaparecía al INIREB. Durante la visita que hice a México ese fin de año, aproveché para cobrar mi liquidación. Regresé a terminar los cursos y una vez concluidos volví a México para el trabajo de tesis. Para esto, yo había solicitado apoyo económico a la Wildlife Conservation Society, de Nueva York y me autorizaron un apoyo de $15,000 dólares.
A mi regreso a México aún tenía beca para un año más, pero ya no tenía institución. Las instalaciones del INIREB estaban en Xalapa y, al desaparecer, el Instituto de Ecología, A.C. (INECOL) tomó posesión de ellas. Fui a Xalapa y pude platicar con su director, Dr. Gonzalo Halffter. Le platiqué mi situación y de mi interés en entrar al INECOL y que no necesitaba salario, porque tenía mi beca. Aceptó mi propuesta, pero unos meses después me ofreció una plaza y el 1 de julio de 1989 me integré formalmente como Investigador Asociado B.
INECOL
Mi primer proyecto de investigación, que a la vez era mi trabajo de tesis de maestría, trataba acerca de los hábitos alimentarios del jaguar en la recién decretada Reserva de la Biósfera de Calakmul. Decidí realizar el trabajo de campo en los alrededores de la Central Chiclera Villahermosa, que había conocido con Joann. El plan era hacer cuatro visitas a Calakmul, de un mes de duración, en el curso de un año. Calakmul era un sitio excelente para estudiar al jaguar debido a una serie de características, algunas de las cuales descubrí ya estando ahí:
Existía una de las poblaciones de jaguar más importantes de México.
Era accesible tanto por tierra, como por aire (en avionetas pequeñas).
Era el centro de actividades de la Central Chiclera. Los terrenos a su alrededor, en un radio aproximado de 11 km, estaban divididos (imaginariamente) en seis sectores. Cada año se trabajaba un sector, porque los árboles de chicozapote necesitan “descansar” un mínimo de cinco años después de un aprovechamiento.
Había una extensa red de caminos alrededor de la Central, lo que permitía moverse por el área de manera segura; además de que los jaguares también hacían uso de esa red de caminos.
La primera visita la hice en junio de 1989. Conocí a un cliclero, de nombre Gaspar García Góngora, quien me enseñó los principales caminos; también era buen rastreador y cazador. Durante los recorridos diarios yo buscaba excretas de jaguar (para el análisis de los hábitos alimentarios), pero también huellas, de las que hacía moldes de yeso.
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Central Chiclera Villahermosa: llevando provisiones al campamento de los chicleros, en el sector de trabajo de ese año. | |
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En Calakmul: arriba la izquierda, midiendo huellas de jaguar; a la derecha, lavando moldes de yeso. | |
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En Calakmul con Ignacio March, en la temporada de lluvias. |
Me recibí de la maestría en noviembre de 1990 y mi tesis llevó por título “El Jaguar (Panthera onca) en la Reserva Calakmul, México: Morfometría, Hábitos Alimentarios y Densidad de Población”; mi director de tesis fue el M.Sc. Jorge Fallas y el jurado revisor incluyó a Luko Hilje, Horst Korn y Christopher Vaughan (fundador del programa de maestría).
Entre mis pininos con el jaguar en Chiapas y el estudio en Calakmul, esto me convirtió en el primer biólogo mexicano que hacía estudios de campo y que generó las primeras publicaciones sobre el jaguar, en México.
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Después del primer curso de rastreo de mamíferos, lo volví a impartir en 1985 y en 1987. Al regreso de la maestría volví a retomarlo y lo seguí impartiendo; a veces por iniciativa mía y otras por solicitud. Entre 1983 y 2015 hice unos 15 cursos de rastreo. También impartí muchos cursos cortos, sobre manejo de fauna silvestre, en el Diplomado Reserva, organizado por DUMAC. El diplomado se impartía dos veces al año: una vez en el sureste, en Celestún, y otra vez en el norte, en Nuevo León.
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Arriba, durante un curso de rastreo, en El Capulín. Abajo durante un curso en Costa Rica; el tapir es silvestre y me gustaba mucho caminar descalzo en el bosque húmedo |
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Capturando venados en Nuevo León, durante uno de los diplomados de DUMAC. |
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AMMAC
La Asociación Mexicana de Mastozoología, A.C. (AMMAC) se fundó en 1984 por iniciativa de un grupo de jóvenes y talentosos mastozoólogos mexicanos. Participé en varios de los Congresos Nacionales, pero también tuve el honor de ser vicepresidente entre 2000 y 2002; después, presidente entre 2002 y 2004. Como vicepresidente, me concentré en la organización del Congreso Nacional de Mastozoología en la ciudad de Oaxaca, en 2002.
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Durante la ceremonia inaugural del VI Congreso Nacional de Mastozoología. |
Estando en el INECOL preparé, por fin, una nueva versión del manual de rastreo. Con el apoyo económico de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO), la nueva edición se publicó en el 2000 y llevó por título “Huellas y otros rastros de los mamíferos grandes y medianos de México”. El jaguar de la portada era una hembra del ZOOMAT de nombre “Narda” y era la pareja del macho “Lotario” (los nombres se los puso Don Miguel).
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Trabajé en el INECOL de 1989 al 2002 y fue una etapa muy agradable de mi vida profesional y personal. Realmente disfrutaba el ambiente académico; pero al mismo tiempo me daba cuenta de que yo no tenía las cualidades, los intereses ni el enfoque que pedía el INECOL.
El modelo de investigador exitoso era alguien con la habilidad de armar y coordinar un grupo de trabajo, conseguir fondos y publicar artículos en revistas internacionales. Como investigador, yo trabajaba solo: planteaba el proyecto, salía al campo a tomar los datos y escribía los artículos; además, para mí no era prioritario publicar en revistas internacionales. Con el paso de los años la presión fue aumentando y yo sabía que no encajaba en el modelo deseado.
En enero de 2001, una noche (a altas horas, de hecho) me llamó Alejandro Velázquez Montes para preguntarme si quería trabajar en la Comisión de Recursos Naturales (CORENA) del Gobierno del Distrito Federal, como Director de Áreas Naturales Protegidas. Entre que estaba medio dormido y lo inesperado de la propuesta, le pedí que me diera tiempo para contestarle.
Me pareció que la propuesta de Alejandro era una buena oportunidad de aplicar lo que había aprendido en tantos años en la academia y ponerlo al servicio de la conservación de la biodiversidad. Lo platiqué con el director del INECOL, en ese tiempo el Dr. Sergio Guevara, y decidimos que podía tomar un año sabático. Me integré a la CORENA el 16 de mayo de 2001. Ya no regresé al INECOL.
CORENA
Trabajé en la CORENA de mayo de 2001 a diciembre de 2006; es decir, casi toda la administración de Andrés Manuel López Obrador, como Jefe de Gobierno, y Claudia Sheinbaum, como Secretaria de Medio Ambiente. Durante ese tiempo, Claudia le dio mucho apoyo al tema de la conservación y mi equipo estaba integrado por más de 30 personas. Por supuesto, las Áreas Naturales Protegidas (ANP) del entonces Distrito Federal existían casi solo en el papel, con poca administración y sin programas de manejo.
El paso por la CORENA fue de mucho aprendizaje y, afortunadamente, mucho trabajo en el campo. Mi idea era que no se decretaran nuevas áreas, sino que primero se pusiera orden en las que ya existían. Se modificaron las poligonales de varias ANP; se elaboraron programas de manejo; se mejoró la atención a los visitantes.
Posiblemente el proyecto más exitoso y satisfactorio fue crear el Programa de Educación Ambiental del Parque Nacional Desierto de los Leones. En este Parque, CORENA tenía instalaciones adaptadas como un vivero, principalmente para la producción de plantas de oyamel (Abies religiosa). Pero en las oficinas de CORENA, en Xochimilco, se contaba con un vivero forestal moderno, con gran capacidad de producción; así es que solicité que se cerrara el pequeño vivero del Parque para poder utilizar las instalaciones para el Programa de Educación Ambiental. La propuesta se aceptó y el Programa quedó lidereado por tres Biólogas brillantes: Sofía Arenas, Salomé García y Jaqueline Nájera.
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Parte del equipo (y unos colados) del Desierto de los Leones: abajo y al centro, de derecha a izquierda, están Sofía, Jaqueline y Salomé. |
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Durante un recorrido por la zona de La Magdalena Contreras (2006). |
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Recorrido por uno de los senderos educativos (arriba); instalaciones del centro de educación ambiental (abajo). |
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En las oficinas de la CORENA en San Luis Tlaxialtemalco, Xochimilco. |
Cerca del final de la administración, a mediados de 2006, en una de muchas visitas que hice a la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP) visité a David Gutiérrez Carbonell. Él sabía que a mí me interesaba la posibilidad de entrar a la CONANP y me propuso que participara en el concurso para la dirección de la Reserva de la Biosfera Sierra de Manantlán.
El caso es que ingresé mis documentos y participé en el concurso por la plaza, lo que incluyó ir dos veces a Autlán de Navarro, Jalisco, para una entrevista. También tuve una entrevista con el Dr. Ernesto Enkerlin, entonces Comisionado Nacional de Áreas Naturales Protegidas. Poco antes de concluir la administración, y el trabajo en la CORENA, recibí la llamada del Dr. Enkerlin comunicándome que había sido seleccionado para la plaza.
CONANP
Sierra de Manantlán
Las oficinas de la Reserva estaban en Autlán de Navarro, así es que me mudé para allá. Supuestamente ingresé a la CONANP a principios de 2007, pero en realidad entré con una plaza de honorarios; así es que en realidad no era personal de la CONANP ni director de ANP. Varios meses después se abrió el concurso formal por la plaza y volví a competir por ella; finalmente ingresé oficialmente como director de la RB Sierra de Manantlán en diciembre de 2007.
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Durante mi presentación como director de la Reserva por el Director Regional, Biol. Alberto Elton Benhumea. |
Me llevó un tiempo conocer la Reserva, la forma de trabajo de la CONANP y el papel que jugaba el personal de la Universidad de Guadalajara (UdeG). La RB Sierra de Manantlán se creó por iniciativa de varios investigadores de la UdeG, como Enrique Jardel, Ramón Cuevas y Eduardo Santana (conocidos como los búfalos), mismos que después crearon el Instituto Manantlán de Ecología y Conservación de la Biodiversidad (IMECBIO) en Autlán y administraban la Estación Científica Las Joyas, en la Zona Núcleo “Manantlán-Las Joyas”.
Como comenté, las oficinas del ANP estaban en Autlán y de ahí se llegaba muy rápido a la Reserva por el poblado de Ahuacapán y seguir hacia la Estación Científica de Las Joyas y la parte alta del área. La Sierra de Manantlán es un área muy interesante porque en una superficie relativamente pequeña (139,577 ha) contiene una gran diversidad ambiental y de especies; por ejemplo, en ella habitan las seis especies de felinos de México.
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Bosque de encinos (arriba) y de pinos (abajo), en las partes media y alta de la Reserva. |
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Bosque mesófilo de montaña (arriba) y bosque tropical subcaducifolio (abajo). |
El tiempo de trabajo en Manantlán fue una época de mucho aprendizaje. Conocí a la CONANP; sus fortalezas y debilidades. Aprendí mucho en el campo sobre temas diversos, como manejo forestal, combate de incendios forestales y educación ambiental.
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Combate de un incendio en 2007. |
Si bien poca gente habitaba dentro del ANP, había un gran número de ejidos y comunidades con terrenos dentro del área, por lo que el trabajo con ellos era muy intenso. Como el ANP se ubica tanto en Jalisco, como en Colima, teníamos dos Consejos Asesores.
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Campamento de incendios en el Cerro Capillas (arriba); vista del atardecer, hacia la costa, desde la parte alta de la sierra. |
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En el Ejido Zenzontla: los niños juegan y se bañan mientras las señoras lavan la ropa en un arroyo temporal. |
No recuerdo bien cuando, pero en algún momento a finales del 2007 me contactó Francisco Botello, quien era el pionero en el uso de foto-trampas en México. El caso es que quería poner cámaras en la Reserva, concretamente en la Estación Científica Las Joyas. Se puso de acuerdo con la gente del IMECBIO y armaron el proyecto. Paco y yo hicimos una visita a Las Joyas y, justo afuera de la Estación, ubicamos un sitio que me pareció adecuado para poner una cámara. Antes de irse de Manantlán, Francisco me regaló tres cámaras y así fue como me inicié en el foto-trampeo de mamíferos. Mantuve unas pocas cámaras activas desde enero de 2008 y hasta mediados de 2009 y los resultados los publicamos en la Revista Mexicana de Biodiversidad, del Instituto de Biología de la UNAM.
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Un puma y un jaguar, machos los dos, en el mismo sitio, durante el trabajo de foto-trampeo en la Sierra de Manantlán. |
La relación con el grupo de investigadores del IMECBIO siempre fue muy tensa porque su idea era que yo fuera un director nominal y que cualquier decisión sobre el manejo de la Reserva debía consultarla antes con ellos; desde luego yo no podía estar de acuerdo. Aunque en teoría yo contaba con todo el apoyo de la CONANP para dirigir la Reserva, en la práctica nunca lo tuve.
En algún momento me llamó David Gutiérrez para ofrecerme la dirección de la RB Montes Azules misma que acepté inicialmente, hasta conocer la situación caótica de esa ANP. Decidí regresar a Manantlán, pero David ya había negociado con los “búfalos”, por lo que ya no me permitió reinstalarme.
Sierra de Morones
Me ofrecieron la dirección del APRN Pabellón, polígono en Zacatecas. Era una de esas ANP que en la CONANP se les llamaba “frankies”; es decir, ANP creadas al vapor, solo para cumplir metas políticas. En fin, que me fui para Zacatecas y la oficina del ANP la instalamos en la Presidencia Municipal de Teúl de González Ortega, un pintoresco pueblo “mágico”.
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Vista de Teúl de González Ortega. |
La supuesta ANP era un sitio agradable y con algunos valores naturales, pero muy alterado, pues era pequeña e incluía, dentro, a varias comunidades rurales. Su mayor importancia era la presencia de la única población de pino azul (Pinus maximartinezi), un pino piñonero microendémico de esa región. Para ir a la parte alta del ANP pasaba por la Colonia Los Alamitos, una ranchería muy agradable de donde era la MVZ Alejandra, técnico del área.
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Colonia Los Alamitos. |
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Parte alta de la Sierra de Morones, donde se encuentra el pino azul. |
El trabajo en la Sierra de Morones fue agradable y breve. Nuevamente un día me llamó David Gutiérrez, ahora para proponerme un cambio a la Dirección Regional Centro y Eje Neovolcánico. Las opciones de ANP eran Valle de Bravo y el COBIO Chichinautzin; opté por la última, porque era un área conocida para mí; además, tenía la intención de estar más cerca de Veracruz. En el 2010 voy de regreso para la región en la que me formé como Biólogo de Campo.
COBIO Chichinautzin
El llamado COBIO Chichinautzin consta de tres ANP: dos Parques Nacionales (Lagunas de Zempoala y El Tepozteco) y un Área de Protección de Flora y Fauna (Corredor Biológico Chichinautzin). Las tres áreas están más o menos contiguas y juntas suman poco más de 60,000 hectáreas. La oficina del COBIO está en Cuernavaca, en el mismo edificio de la oficina Regional. Cuando yo me integré, el director regional era el Ing Guillermo Ramírez Fillipini.
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Parte del equipo del COBIO-Chichinautzin, durante una reforestación en la parte alta. |
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Laguna Zempoala. |
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Durante un recorrido por las Lagunas de Zempoala con el grupo de ecoturismo de San Juan Atzingo. |
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Bosques Templados en el Corredor Biológico Chichinautzin. |
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Aspecto típico de la geomorfología del PN El Tepozteco. |
Trabajé bastante a gusto en el COBIO Chichinautzin desde 2010 hasta 2016. No era fácil para mí la interacción con el Ing. Ramírez Fillipini, pero finalmente logramos una relación respetuosa. Con el cambio de administración (de Enrique Peña Nieto -EPN-), fue nombrado Comisionado Nacional de ANP Alejandro del Mazo Maza (primo de EPN). Por supuesto el Ing. hizo corto circuito con él muy rápido y se nombró a un nuevo director regional: la Biol. Gloria F. Tavera Alonso.
Por distintas razones no tuve una atmósfera apropiada de trabajo con la nueva Dirección a cargo de Gloria Tavera y aunque poco después fui nombrado Director de la Reserva de la Biosfera Sierra de Huautla, tampoco funcionó. Finalmente decidí renunciar a la CONANP; esta fue una de las decisiones más difíciles que tomé; pero, a la larga, una de las mejores.
Trabajé oficialmente en la CONANP del 1 de diciembre de 2007 al 15 de abril de 2018. Me dolió mucho dejar la CONANP, pero por otra parte ya hacía un tiempo que la Comisión se encontraba en franco deterioro: sin rumbo. La CONANP nunca logró fortalecerse; todo lo contrario, cada vez fue más débil hasta retroceder a los tiempos de las “Áreas de Papel” (ANP que existen solo por un decreto).
La CONANP fue la última institución-dependencia donde trabajé formalmente. A partir de aquí me inicié como consultor independiente.





























































































