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Autobiografía

Parte III. Vida Familiar

  • 4 may
  • 13 min de lectura

Actualizado: 23 may


Durante estos primeros 15 años en la casa nunca tuvimos automóvil, refrigerador o licuadora. Aunque durante algún tiempo mi mamá estaba en la casa, realmente estuve al cuidado de mis hermanas mayores: primero Pilar (como hasta los 5 años); luego Guadalupe (como hasta los 11 o 12) y finalmente Judith (hasta los 15).


Vivíamos frente a la Zona Arqueológica de Mixcoac (la Pirámide). El vigilante era Don Tomás, quien vivía ahí con su familia. Cuando yo tenía tal vez cuatro años, una perra que tenía Don Tomás parió debajo de un arbusto de ruda. Cuando los cachorros tenían como un mes, mi papá le pidió uno (macho) para la casa y decidió llamarlo “Toy”. Antes habíamos tenido otro llamado “Meco”, pero casi no lo recuerdo.


Sábados

Los sábados eran diferentes; no solo porque no iba a la escuela, sino que por las tardes tradicionalmente había juegos, particularmente “quemados” (como beisbol casero, con pelota de tenis); después de jugar, tocaba baño (solo nos bañábamos los sábados). Por la tarde-noche podía llegar el señor de los tamales: entonces se compraban verdes, rojos y de dulce. También podía pasar el señor de los elotes cocidos. Después del baño, veíamos un programa de televisión, un western llamado “La ley del revólver”.


Domingos

Nos daban un peso de domingo (generalmente un billete de a peso).



Las actividades de domingo podían ser diversas: ir a pasear y jugar al Parque Hundido; ir a jugar y pelotear (de beisbol) a Cristo Rey (una plantación de eucaliptos cercana a la casa, donde ahora está la Alcaldía Álvaro Obregón); ir a visitar a las tías y tíos de Tlalpan (por un lado, estaban las tres tías que vivían juntas, todas solteras: Lucía, María Teresa y Josefina; por otro lado, estaba mi tío Rubén y su esposa Beatriz -la tía Bata-, además de mis primos Rubén y Beatriz). Las casas estaban a pocos metros de distancia, sobre la Calzada de Tlalpan (cerca de La Joya), así es que generalmente íbamos a las dos.


En el Parque Hundido: en la foto superior estoy abajo a la izquierda; en la de abajo a la derecha.


Economía familiar

En esos años, recuerdo que mi papá no trabajaba. Entiendo que durante un tiempo pudo ahorrar y el dinero lo invirtió en un Ingenio Azucarero. Entonces la casa se mantenía con los intereses ($1,200 ó $1,800 mensuales). 


Cada tres meses íbamos al supermercado (un GIGANTE, ahora es SORIANA) a comprar víveres no perecederos (arroz, sopas de pasta, frijoles, aceite, leche en polvo o condensada, etc.). Para cada día: fruta, verdura, carne, retazo con hueso (para el Toy), tortillas y pan, el gasto diario era de $25 pesos.


La ropa se iba pasando al más chico, cuando a uno ya no le quedaba. En cada inicio de un ciclo escolar, muy seguido, mi papá pedía prestado a sus amigos para afrontar los gastos de uniformes y útiles escolares. Las hermanas mayores: Pilar, Guadalupe y Judith, solo estudiaron hasta la primaria; después les tocaba encargarse de los hermanos menores.



Arriba: Flora, Lucía y yo (de nueve años); 

abajo: Pilar Eugenia (Pily, hija de Pilar), mi mamá, Marina y Juan


Actividades periódicas

No tengo recuerdo alguno de que hayamos hecho algo o ido a algún lugar todos juntos: papá, mamá y los diez hermanos y hermanas. La cosa era solo con mi papá.


Una vez al año íbamos al circo; siempre al Circo Atayde. Me gustaba mucho, sobre todo cuando era de una sola pista; cuando eran tres pistas, era difícil poner atención a todos los actos.


Creo que también una vez al año íbamos a un balneario, “Las Termas” (por la Calzada Ignacio Zaragoza). Mi papá era amigo del dueño (Don Pantaleón), así es que no nos cobraba; mientras ellos platicaban toda la mañana, nosotros chapoteábamos en las albercas. Yo siempre me quedaba en las bajitas, porque no sabía nadar (de hecho, nunca aprendí a nadar bien).


Cumpleaños

Al menos desde que ya estaba en la Primaria (era igual para todos y todas), el día de mi cumpleaños mi papá me despertaba tocando Las Mañanitas con su armónica. El regalo de cumpleaños siempre era un billete de cien pesos. Comúnmente yo me compraba un rifle de corchos y pedía jamón, para la comida. Por la tarde jugábamos.





El Ajusco

No recuerdo en qué momento, mi papá decidió comenzar a hacer excursiones al Ajusco. Yo empecé a ir a los cinco años, primero al volcán de La Magdalena, en La Magdalena Petlacalco; recuerdo que, al bajar al cráter, parecía como un estadio natural. A los siete años los acompañé por primera vez al Pico del Águila; a partir de entonces, generalmente íbamos ahí.


En algunos inviernos, el Ajusco aparecía nevado. La nieve duraba solo unos días, pero suficientes para una excursión diferente. Nunca tuvimos equipo para caminar en la nieve, pero aun así subíamos al Pico del Águila.



Vista del Ajusco, con el Pico del Águila (arriba a la izquierda).


El Ajusco, nevado.


Me encantaban las excursiones al Ajusco. Para cuando tenía como 12 años, José, Jesús y Juan ya se habían ido de la casa, de modo que solo íbamos mi papá y yo. Cuando estábamos en la punta del Pico del Águila, había un lugar que me llamaba la atención: un claro al final de un pequeño valle (Monte Alegre). Nos propusimos llegar a él y aprendimos que se llegaba por el mismo camino que usábamos para ir al Pico del Águila; la clave estaba en el Abrevadero (para borregos); había que seguir el camino, en lugar de subir a la montaña. En ese entonces, conseguimos el mapa de los Scouts (elaborado por un ingeniero) y era nuestra guía. A mi papá le gustaba ir de excursión; pero en realidad no tenía conocimientos de flora o fauna, excepto cosas básicas. 


En la secundaria tenía un compañero, Carlos Soriano, que era Boy-Scout, con quien compartía el gusto de ir al campo. Una vez lo acompañé a una de sus salidas, pero no me gustó el ambiente de los Scouts (creo que ya desde entonces era poco social); sin embargo, hicimos varias excursiones los dos solos. Recuerdo que, para subir de categoría en los Scouts, él tenía que hacer una excursión de dos días: había que iniciar en La Marquesa; subir hacia el cerro de La Palma y pasar la noche ahí. Después salir por el valle de Cieneguillas, bajar por Monte Alegre, regresar por el Ajusco y bajar a la ciudad. Lo acompañé e hicimos el recorrido solos y, afortunadamente nada malo pasó. En la noche, mientras estábamos al calor de una fogata, llegó un cazador que había matado un conejo; después de una breve charla, se fue.


Eventos y personas importantes

Cuando por fin murió el viejo televisor, pasamos un tiempo sin uno. Cuando yo tenía como 10 años, mi hermana Pilar (que ya no vivía en la casa) nos regaló uno. Entonces la idea era ser más selectos en los programas a ver. Había varios programas que eran mis favoritos: Tarzán, Daktari y Reino Salvaje. 


Mi papá me decía que me gustaban mucho los animales, por lo que debería estudiar para Médico Veterinario; pero, por alguna razón, yo no estaba convencido. Durante mi segundo y tercer año de la Secundaria, me encantó la clase de Biología y entonces decidí que quería ser Biólogo. Mi maestra, en los dos años, fue Esther Sánchez Sánchez; en ambos cursos nos llevó al campo: una al Ajusco y otra a los Dínamos (en La Magdalena Contreras).


       Después de la Secundaria seguí buscando a mi maestra y una vez me invitó a San Cayetano, en el Estado de México, donde ella estaba haciendo su trabajo de tesis acerca de la flora del lugar. En ese entonces San Cayetano era una especie de criadero de venado cola blanca, administrado por la Dirección General de Fauna Silvestre. Posteriormente, a través de ella, conocí a Ángel Salas y me enteré de la existencia de Miguel Álvarez del Toro, porque la maestra me consiguió un ejemplar del libro “Las Aves de Chiapas”.


      Cuando salía de excursión, con mi papá o con Carlos Soriano, empecé a darme cuenta de que en los caminos se veían huellas; pero no tenía idea sobre los animales que las dejaban y mi papá no podía ayudarme. Él iba frecuentemente al centro de la ciudad a diversas actividades y a veces yo lo acompañaba. En una de esas idas al centro (cuando yo tenía 13 años) le regalaron el volumen “Los Mamíferos”, de la “Colección de la Naturaleza de Time-Life” (primer libro clave); por supuesto me lo dio y yo estaba feliz. Para mi sorpresa, hacia el final del libro, en dos páginas contiguas, estaban ilustraciones de huellas de mamíferos, bajo el título “Huellas de patas de los mamíferos norteamericanos”.





Tomando como base los dibujos del libro, cuyo tamaño era de un octavo del natural, los copié y dibujé a lápiz en varias hojas pequeñas; con la máquina de escribir (una Olivetti) le puse los nombres; las cubrí con una cartulina a la que pegué la foto de un ciervo y las cosí con hilo de cáñamo. Listo; ya tenía mi primer guía de huellas de mamíferos.


Ya con mi guía de huellas empecé a reconocer algunas (según yo) y me pareció que en lo que ahora se conoce como el “Bosque de Tlalpan” había linces. Convencí a mi papá de ir a tratar de ver uno; el caso es que fuimos al área y pasamos la noche a la intemperie. Por supuesto nunca vimos un lince y no dormimos; con el frío que hacía pasé toda la noche haciendo pipí.


Cuando estaba en tercero de secundaria mi hermana Pilar había rentado una pequeña casita en Tizapán (San Ángel) y reunido allí a mi mamá y los muchachos (José, Jesús y Juan), a donde yo iba a visitarlos. Posteriormente Pilar (propiamente Ramón) consiguió una casa duplex (una arriba y otra abajo, iguales) ahí mismo en Tizapán, en la calle Veracruz; entonces, Pilar y la Pily vivían en una y mi mamá, con los muchachos, en la otra. Yo iba seguido a verlos y frecuentemente me quedaba a comer (a mi papá le decía que me invitaban compañeros de la escuela). Posteriormente ya le dije que iba a ver a mis hermanos y a mi mamá. Por fin, cuando tenía 15 años, le dije a mi papá que quería irme a vivir con mi mamá y los muchachos. Una mañana, cuando él no estaba en la casa, “empaqué” mis cosas en una caja, tomé un taxi y me fui a Tizapán. A partir de entonces, mi vida dio un giro importante.


Preparatoria

Al terminar la Secundaria, hice el examen de admisión e ingresé, en 1970, a la Preparatoria No 8 “Miguel E. Schultz”, de la UNAM, ubicada en Las Águilas (Plateros).


Durante el primer año todo fue normal. Cuando pasé al segundo año (cuando tenía 16 años) yo quería trabajar, porque necesitaba mantenerme de algo. La cosa fue que Ramón Rodríguez (a la postre el marido de Pilar) era el co-propietario (junto con otros hermanos) de la “Embotelladora El Sol, S. de R.L.”, que elaboraba el refresco “Manzanita Sol”. Durante mucho tiempo la fábrica estuvo en San Pedro de los Pinos, en la calle 20 (a una cuadra de la casa). Para cuando yo entré a la Prepa, la fábrica ya se había cambiado a Tlalpan (en la esquina de Acoxpa y Viaducto Tlalpan); pero aún tenían el antiguo local y todavía había un poco de personal que elaboraba el concentrado para el refresco (el jefe era Juan Valdepeña). Ramón necesitaba una persona para atender asuntos menores en el local. Mi hermano Juan entró a trabajar, pero no duró mucho. Entonces yo entré en su lugar. Básicamente atendía el teléfono y elaboraba unos armazones de madera para proteger las cajas con el concentrado. Pero el trabajo era durante la mañana (7 a 15 horas), así es que en la Prepa solicité mi cambio al turno vespertino. Ganaba $300 pesos a la semana y me pagaban los sábados.


Cuando pasé al segundo año, para mí también comenzó una etapa de inestabilidad emocional. Supongo que, con el cambio de ambiente familiar, además de la inestabilidad clásica de la adolescencia, yo fantaseaba mucho. Soñaba con tener una granja y árboles frutales (entonces era vegetariano); así es que un buen día llegué a la conclusión de que para qué hacia la prepa si no iba a estudiar una carrera. Se lo comenté a Pilar y me dijo que me apoyaba en lo que decidiera; así es que decidí dejar la escuela.

Entonces, en la mañana iba a trabajar y por las tardes comencé a ir a la casa de un amigo (Marco Antonio) a hacer ejercicio. El papá de Marco era actor secundario en películas y en su casa tenía un pequeño gimnasio improvisado en un cuarto. Así empezó mi gusto por el gimnasio; pero con mi dieta vegetariana, más bien era bastante delgado.


De vez en cuando salía a caminar por el Ajusco, pero solo a caminar y correr; de momento el asunto de los rastros se había quedado “dormido”.

Dejé la Prepa por dos años. Para entonces ya se había cerrado la “oficina” de la fábrica en la calle 20, por lo que ya estaba laborando en la planta de Acoxpa. Inicialmente ingresé como ayudante de almacén. Algo pasó, no sé qué, pero cuando regresaba de la fábrica e iba para San Ángel, veía cuando algunos estudiantes se bajaban en Rectoría (de la UNAM); comencé con una inquietud, hasta que finalmente decidí que sí quería ir a la UNAM y estudiar Biología; así es que me reinscribí en la Prepa.


Hice el segundo año; pero resultó que el Reglamento de la UNAM establecía que el tiempo máximo para hacer la Preparatoria era de cuatro años; de modo que se me había terminado el plazo. No me desanimé y para el tercer año me inscribí como oyente en las diez materias; la idea era que al final de los cursos haría los diez exámenes extraordinarios. Pero resultó que, en seis materias, el profesor que haría el examen extraordinario era el mismo con el que había estado de oyente, así es que me pusieron la calificación que había obtenido, sin hacer el examen. Entonces solo hice cuatro extraordinarios. Los pasé todos y finalmente obtuve mi pase automático a la Facultad de Ciencias, a la carrera de Biología.


Cuando estaba en Prepa, a los 18.

                        

Cuando tenía 19 años (me faltaba uno para terminar la Prepa) decidí que quería irme a vivir solo. Me enteré de que cerca de la casa se rentaba una casita y fui a verla. La dirección era Ferrocarril de Cuernavaca # 1234, a media cuadra de la Av. Toluca. Vivía una familia, con tres hijos, y en el patio trasero estaba la casita. El baño y el lavadero estaban afuera y lo demás eran tres cuartos contiguos. Me arreglé con los señores y la renta mensual era de $600 pesos.


Del último año de la Prepa recuerdo algunos compañeros, pero particularmente a Rogelio Vizcarra y a Gabriel Macías. Rogelio vivía con un compañero en un departamento cercano de la escuela, porque su familia era de Ciudad Valles (San Luis Potosí). Su papá y sus hermanos eran Médicos Veterinarios y él, por supuesto, quería estudiar la misma profesión. A Rogelio le costaban mucho las matemáticas; en su casa tenía un pequeño pizarrón y a veces nos reuníamos para estudiar.


Gabriel era muy capaz y tenía claro que estudiaría Medicina, para después especializarse en Neurología. Recuerdo que me platicaba cuando los fines de semana iba a un forense a ver las autopsias. Gabriel tocaba la guitarra y le gustaba cantar canciones de Juan Manuel Serrat; a veces nos reuníamos en mi casita y pasábamos un buen rato.


Cuando me faltaban pocos meses para terminar la Prepa ocurrió algo importante. Mi hermano José, que entonces estudiaba en la UNAM la carrera de Psicología, tenía un amigo que estaba estudiando Biología en la Facultad de Ciencias. El caso es que su amigo, junto con una profesora y alguien más, iban a realizar un viaje a la Selva Lacandona porque pretendían hacer una investigación. El caso es que Pepe consiguió que me invitaran (también fue mi amigo Marco, el fortachón con quien hacía ejercicio). Por fin, un buen día salimos en autobús a San Cristóbal de las Casas y de ahí continuamos a Comitán. La idea era tomar una avioneta que nos llevaría a Lacanjá-Chansayab. Resultó que la capacidad de la avioneta no permitía que fuéramos todos y, como no había recursos para dos vuelos, Marco y yo no pudimos ir. Marco se regresó a la Ciudad de México, pero yo me quedé. 


Durante los días que pasaron entre la entrada y salida a la Lacandona, primero me fui a San Cristóbal y conocí Na-Bolom (creo que así se escribía). Otro día fui a Tuxtla Gutiérrez, porque quería conocer a Miguel Álvarez del Toro (Don Miguel). Una vez en Tuxtla, pregunté por el Zoológico, que entonces estaba en el Parque Madero. Llegué caminando y entré al edificio del Museo de Historia Natural; encontré a Don Miguel limpiando una pecera. Platiqué con él varios minutos y después me fui a conocer el Zoológico. Desde luego, quedé algo impactado con esta experiencia.


       De vuelta en la Ciudad de México, por el libro de Don Miguel (Las Aves de Chiapas), me enteré de la existencia del Instituto Mexicano de Recursos Naturales Renovables (IMERNAR), Dirigido por el Dr. Enrique Beltrán. La cosa es que supe que el IMERNAR había publicado en 1965 el libro “Fauna Silvestre de México” de Aldo Starker Leopold (era la traducción de la obra original “Wildlife of Mexico, publicada en 1959) y yo quería conseguirlo. El IMERNAR estaba en la calle Dr. Vértiz # 724 y contaba con la mejor biblioteca sobre manejo y conservación de recursos naturales. Para mi frustración, me enteré de que el libro estaba agotado.


En el IMERNAR conseguí otros libros de Don Miguel, como “Los Crocodylia de México”, pero también otros títulos sobre los Parques Nacionales de México. Comencé a visitar con frecuencia el IMERNAR y en varias ocasiones tuve la fortuna de platicar con el Dr. Enrique Beltrán. Conocía bien a las dos señoras encargadas de la biblioteca y me permitían algunas libertades.


Durante el último año de la Prepa, tomé un curso rápido de fotografía y me gustó mucho. Había ahorrado un poco y al profesor le compré mi primera cámara réflex (una COSINA). En mi casita había un pequeño cuarto que los señores usaban para guardar cosas que se usaban poco (tiliches y cachivaches). Hablé con ellos y aceptaron desocuparlo para que allí montara mi cuarto oscuro; lo oscurecía cubriendo la entrada con una gruesa cobija.


Mis días eran bastante largos. Me levantaba a las cinco de la mañana; salía de la casa a las 5:30 y caminaba (por los empedrados) hasta San Ángel, donde tomaba mi autobús a la Glorieta de Huipulco (en Tlalpan) y de ahí caminaba a la fábrica. Podía tomar un autobús de Tizapán a San Ángel, pero caminando me ahorraba los cincuenta centavos del pasaje. Comúnmente llegaba a la fábrica a las 6:30 (la entrada era a las 7:00); checaba mi tarjeta, me cambiaba de ropa y me alistaba para empezar el día. Haber estado en el almacén fue importante, porque me dejaba algo de tiempo libre que utilizaba para estudiar, repasar apuntes o preparar algún reporte pendiente.


Las clases eran de 3:00 de la tarde a las 10:00 de la noche. El problema era que en la fábrica la salida era hasta las 3:00., así es que pedí permiso para poder salir a las 2:30 y así no llegar muy tarde a la escuela.


Mi economía era bastante apretada. Como comenté, yo ganaba $300 a la semana. Como la renta de mi casita era de $600, cada sábado guardaba $150 y me quedaban otros $150 para mis gastos de la semana (comida, transporte y cosas de la escuela). Pero resulta que había meses con cinco sábados y yo los esperaba con ansias, porque tenía $150 libres para otras cosas (como papel fotográfico, película y químicos, para el cuarto oscuro).


Como comenté, entré a la Prepa en 1970 y debí haberla terminado en 1973; por los dos años que la dejé, terminé en 1975 con un promedio final de 9.4, en el Área: Químico-Biológicas. Ese mismo año entré a la Facultad de Ciencias.


No recuerdo si ya estaba en Ciencias o aún en la Prepa, el caso es que un día me llamaron del IMERNAR (a la fábrica), para decirme que en una bodega habían encontrado un volumen del libro de Leopold. Le pedí a mi jefe $100 pesos prestados (eso costaba el libro) y me fui por él. Finalmente conseguí mi segundo libro clave: “Fauna Silvestre de México. Aves y Mamíferos de Caza” por A. Starker Leopold, 1965. La traducción al español fue de Luis Macías Arellano, revisada por Ambrosio González Cortés.


Mi hermana Lucía (a la derecha) y Patricia Nisisaki  

(mi primer intento fallido de novia).


 
 

Todas las imágenes de este sitio son autoría de ©Marcelo Aranda

 

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con el apoyo de Ignacio March y Jürgen Hoth

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